Pablo Miranda
(Artículo publicado en marzo de 2004 en la Revista Internacional UNIDAD Y LUCHA. Trata de la situación internacional de ese momento y abre una polémica sobre la necesidad y la posibilidad de organizar la revolución, rebatiendo la idea, en ese entonces en boga de que “otro mundo es posible” que aludía a la necesidad de superar el capitalismo sin destruirlo, sin derrocar a los capitalistas y al imperialismo)
SI ES POSIBLE CAMBIAR ESTE MUNDO
El viejo mundo capitalista
Estados Unidos, luego de la segunda guerra mundial, se posesionó como la potencia más poderosa de la tierra. El gran desarrollo de su economía va de la mano con la extensión de los tentáculos de los grandes monopolios norteamericanos por todos los confines de la tierra y con el desenvolvimiento de su poderío militar.
La Unión Soviética a partir de la segunda guerra mundial emergió al concierto internacional como una gran potencia. Luego de la subversión del socialismo por parte de los oportunistas y los revisionistas la URSS se convirtió en un país imperialista.
Por varias décadas el mundo estuvo signado por la disputa y la colaboración entre las dos superpotencias, los EE.UU. y la URSS.
Esta situación se extendió hasta el colapso del “socialismo real”, la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS.
A pesar del carácter capitalista e imperialista de la URSS, ésta aparecía ante grandes sectores de los trabajadores y los pueblos, como “un gran país socialista”, como “retaguardia de la revolución”, por eso, su caída que ocurriera en el clímax de la ofensiva anticomunista contribuyó significativamente al reflujo de la lucha revolucionaria, fue mostrada por los imperialistas y los reaccionarias como la derrota del socialismo y la revolución, como la tumba del comunismo. En realidad lo que colapsó a fines de los años 80 del siglo pasado, fue el mundo revisionista, el socialimperialismo.
Se planteó una nueva situación internacional:
Se reconstituyó el mercado único internacional que había sido quebrado por la revolución de Octubre y las colosales realizaciones del socialismo; el capitalismo se extendió por todos los países, el capital financiero en sus manifestaciones parasitarias y especulativas se convirtió en el eje de la vida económica a nivel mundial y, los Estados Unidos se afirmaron como la potencia económica, política y militar más poderosa. Esta situación dio lugar a que muchos teóricos de la burguesía y del oportunismo hablaran de un mundo unipolar, en el cual el imperialismo norteamericano era el amo absoluto, invencible y omnipotente. El socialismo había sido derrotado para siempre, llegó el fin de la historia y la extinción de las ideologías. Los jefes del imperialismo norteamericano proclamaron el nacimiento de un “nuevo orden mundial” en el “que reinaría la paz, la armonía social y económica, donde se erradicarían las guerras”.
Simultáneamente tiene lugar la Revolución Científica Técnica que significa un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas, principalmente en los ámbitos de la robótica, la informática, las comunicaciones y la ingeniería de la vida que permite una ingente concentración y acumulación capitalista por parte de los grandes monopolios y países imperialistas.
Esta es, en breves términos la globalización.
En realidad, existe una nueva situación: el capitalismo esta esparcido por toda la tierra, está globalizado y con él, las cadenas de la explotación y opresión capitalistas; se acentúa la dependencia de centenares de países.
Pero no se trata de una nueva fase del desarrollo de la sociedad, de la humanidad, ni siquiera es una nueva etapa del capitalismo. Se trata de una nueva expresión del imperialismo. Este no ha cambiado de naturaleza, sólo ha alcanzado nuevas magnitudes.
En los hechos, el mundo sin guerras que nos ofrecieron no existe por ningún lado; el desarrollo armónico de los países y naciones es una ficción. Ciertamente los Estados Unidos continúan siendo la potencia imperialista más poderosa, pero están surgiendo y reclamando “un nuevo lugar bajo el sol” otras grandes potencias imperialistas, la Unión Europea, Alemania, el Japón, la URSS y China que aceptan el poderío norteamericano, que se coluden con él, pero que también disputan esferas de influencia, espacios geopolíticos, mercados y recursos naturales; la carrera armamentista está en pleno desenvolvimiento y los preparativos de una nueva guerra imperialista generalizada están en marcha. La lógica de las cosas demuestra evidentemente un mundo multipolar.
El sistema imperialista está conmovido por la gran crisis general y una nueva crisis económica. La recesión y el desempleo son las expresiones más elocuentes de esa situación. Se trata de una crisis cíclica que se desenvuelve por etapas y espacios territoriales de carácter regional, pero que afecta a todo el sistema y que recae principalmente sobre los países dependientes y los hombros de los trabajadores.
El 11 de septiembre de 2001, el mundo pudo presenciar como los símbolos económicos, políticos y militares de los EE.UU. eran derribados por un ataque terrorista. Este acontecimiento demostró la vulnerabilidad de la primera potencia mundial, pero también alimentó la histeria guerrerista, dio un espaldarazo a la administración Bush y lo catapultó como el capitoste de las hordas terroristas que armadas hasta los dientes han iniciado una nueva guerra imperialista, en primer lugar contra Afganistán y amenazan con llevarla a otros países.
Este es el mundo capitalista. Es un mundo viejo y nauseabundo, una sociedad en decadencia. Parafraseando a Lenin podemos decir “el imperialismo es un coloso con pies de barro”, poderoso, pero vulnerable, posible de derrotar.
Los enterradores del mundo del capital.
El sistema capitalista imperialista se erige sobre la explotación y dominación de miles de millones de trabajadores de todos los países. Los ingentes capitales acumulados por los monopolios son producidos por los obreros, ellos, a pesar del gran desarrollo de la ciencia y la tecnología son los artífices de la economía, constituyen la clave para la creación de la riqueza, son insustituibles en el proceso de la producción. No es posible el capitalismo sin la explotación de los trabajadores.
La historia demostró, durante el siglo XX, que la clase obrera es la clase que tiene la capacidad ideológica, política y organizativa para derrotar el capitalismo y construir una alternativa, la sociedad de los trabajadores, el socialismo. Es decir, la vida, hizo evidente que la burguesía al erigirse como tal y construir el capitalismo lo hizo sobre la base de la esclavitud asalariada, pero, simultáneamente, creó sus sepultureros.
Las grandes victorias de los trabajadores y los pueblos no pudieron consolidarse. El nuevo mundo, el socialismo avanzó a grandes trancos y generó extraordinarias realizaciones en el orden social, económico, cultural y nacional, pero fue derrotado.
No es el momento ni el espacio para dilucidar las razones y las condiciones de ese colapso. Afirmamos ahora, enfáticamente, como en otras oportunidades, que esa derrota es transitoria. La vida demostró las cualidades de los trabajadores, de los revolucionarios y de los comunistas y también sus dificultades y límites. De ninguna manera, los hechos anularon la utopía de un mundo nuevo y el rol de los proletarios en esa proeza; por el contrario demostraron que se equivocaron, que cometieron errores, pero que pueden reintentar el “asalto al cielo”.
La lucha contra el imperialismo
La paz social que se pregonó con el nuevo orden mundial no se dio. Por el contrario la lucha de clases persiste en sus diversas manifestaciones: el terreno ideológico, político, económico, cultural y militar.
El reflujo de la lucha social y revolucionaria va quedando atrás en casi todos los países. En diverso nivel y con variadas expresiones, las masas trabajadoras, la juventud y los pueblos se manifiestan en contra de la opresión del capital y de las políticas reaccionarias de los países imperialistas y las burguesías nativas.
El impacto de la ofensiva anticomunista tuvo grandes repercusiones en todos los países, golpeó pero no aniquilo a las formaciones revolucionarias proletarias.
La confusión ideológica, la dispersión política y organizativa de los trabajadores y los pueblos, de los partidos y organizaciones revolucionarias van siendo superados por una recomposición, remozamiento y crecimiento de la organización sindical y de masas, de las formaciones políticas de izquierda. Las traiciones y deserciones, el pesimismo y la impotencia están siendo dejadas de lado, en la cloaca de la basura.
La clase obrera y los pueblos, como consecuencia de la ofensiva anticomunista pasaron a la defensiva, pero a partir de la mitad de los años 90 iniciaron su recuperación. Las primeras expresiones fueron las importantes huelgas generales que se realizaban luego de varias décadas en Francia, Alemania, Italia, España; las grandes huelgas de los obreros y mineros rusos que se levantaban contra el capitalismo que supuestamente las redimiría; las extraordinarias luchas de la clase obrera en Corea del Sur y la ola de huelgas obreras y campesinas que se continúan desarrollando en China.
Cuando estos grandes acontecimientos ocurrían no faltaron los agoreros que hablaban de “huelgas economicistas”, de “un movimiento funcional”, de un movimiento obrero a la defensiva. Los revolucionarios proletarios vimos los contenidos y las perspectivas: la masividad, la contundencia, el rebasamiento de las direcciones burocráticas de los sindicatos; tuvimos en cuenta los límites, pero acentuamos lo positivo, lo potencial.
Gradualmente, de manera desigual el movimiento social: los trabajadores, la juventud, los pueblos fueron expresando su rechazo a las políticas del imperialismo y la reacción, a los ajustes ordenados por el Fondo Monetario Internacional, al neoliberalismo y la globalización.
La crisis general del sistema se acentuó y tuvo estallidos en México, en Rusia, en los Tigres de Asia, en Brasil; sacudió al Japón y mantuvo de manera sostenida la recesión en Alemania y el resto de Europa. Más adelante se hizo evidente en Estados Unidos. Se mantiene, incidiendo en todo el planeta. Sobre todo castiga la economía de los países dependientes, golpea a los trabajadores y los pueblos, a la juventud.
En este periodo están expresándose en importante nivel y en los diversos países los denominados “nuevos actores sociales”: Las mujeres que luchan por su lugar en la sociedad, por la equidad de género y en sus sectores más avanzados por la transformación social; los ecologistas y ambientalistas que enfrentan la destrucción del ecosistema por parte de las grandes transnacionales y los países imperialistas; las minorías sexuales que luchan por sus derechos. Evidentemente, no se trata de nuevos actores sociales, siempre estuvieron en la palestra, pero en estos últimos años, su presencia y accionar son más evidentes, tienen más fuerza y han alcanzado importantes reivindicaciones.
La implantación de la globalización: las políticas imperialistas de socavar el Estado Nacional, de imponer la libertad de comercio para los monopolios, de fragmentar a los países y regiones para facilitar su dominación están registrando una reanimación de los movimientos nacionales. Se trata de una situación muy explosiva y compleja. Los pueblos, nacionalidades y etnias resisten la opresión, protestan, se levantan en armas y luchan con denuedo por la independencia, por la autodeterminación, por su reconocimiento cultural y nacional, por una interculturalidad equitativa. La lucha nacional está atravesada por los intereses de clase de sus protagonistas. Cuando la burguesía asume la conducción, por lo general tiene propuestas reaccionarias, se colude con uno u otro país imperialista; incluso cuando la pequeño burguesía lidera esas acciones, es a veces, manipulada por los imperialistas. En general la lucha nacional, a pesar de estos problemas y limitaciones es una importante expresión del movimiento antiimperialista.
En este periodo han estallado conflictos armados de carácter nacional en oposición a la dominación imperialista en Europa, Asia, África y América Latina, importantes luchas de carácter nacional al interior de los países multinacionales como el Ecuador, México, Bolivia, etc. También existen manifestaciones ultranacionalistas y xenófobas y la manipulación por parte de los países imperialistas de las diferencias étnicas y tribales para el atezamiento de conflictos armados entre los pueblos, sobre todo en África.
Como respuesta a la gigantesca concentración y acumulación capitalista en las grandes empresas transnacionales, en oposición a las políticas de la globalización, se desenvuelven importantes acciones de resistencia y lucha que se autodenominan Movimiento Antiglobalización. Sus ideólogos son intelectuales burgueses que confrontan al imperialismo globalizante desde posiciones antimonopolistas pero no anticapitalistas, desde posturas éticas pero no sociales. Sin embargo este movimiento tiene significativas expresiones y manifestaciones: se hace presente en el terreno de la polémica y de la acción, organiza eventos paralelos y contestarios a los grandes eventos de los países imperialistas: estuvo de Seatle, en Davos, en Praga y en Génova, organizó foros y manifestaciones en las que se incluyeron trabajadores, la juventud y los intelectuales que pugnan por rebasar los limites de la resistencia y pasar a la ofensiva. Está impulsando el Foro Social Mundial.
El proceso de la lucha de clases registra, en los últimos años, levantamientos populares que se inician con la protesta de las masas en oposición a los rudos golpes económicos y materiales que les infringe la política neoliberal del capital financiero y pronto adquieren grandes magnitudes y apuntan hacia el poder político, a los gobiernos corruptos y tiránicos, y concluyen echándolos abajo.
Estos acontecimientos ocurrieron en 1996 en Albania cuando las masas trabajadoras de la ciudad y el campo irrumpieron iracundas contra la rapiña de la banca que se alzaba con los ahorros de la población. Se trató en esa ocasión de una revuelta popular que se inició en Tirana y pronto se generalizó por todo el país. Una buena parte de los albaneses estaban armados y bien pronto organizaron milicias que dieron al traste con el gobierno reaccionario que había reemplazado al poder popular. En realidad se provocaron acontecimientos que amenazaban con desembocar en la guerra civil.
Al otro lado del mundo, en Indonesia, se produjo en 1998 una gran revuelta popular: la juventud estudiantil y las masas trabajadoras de la ciudad y el campo se volcaron a las calles de Yakarta y luego, la lucha, se expandió por todo el país. La gran batalla de las masas tenía lugar al cabo de más de treinta años de soportar una odiosa dictadura anticomunista, que en 1965 había derrocado un régimen democrático y cometido una verdadera masacre de las masas y de los comunistas. La persistente lucha de los revolucionarios, de los trabajadores y campesinos de Indonesia que se venía desarrollando en la clandestinidad, en medio de duras condiciones, estalló y bien pronto arrasó con la corrupción y la represión de la dictadura de Suharto. Fueron grandes oleadas de las masas que se volcaron a las calles, enfrentaron la dura represión, desarticularon al régimen y lo echaron. Estas acciones tienen la particularidad de derrotar un régimen impuesto por la fuerza, que se ufanaba de haber derrotado a los comunistas y no permitirles ningún respiro, que se mantenía con el apoyo del imperialismo y de la reacción internacional, que era mostrada al mundo como paradigma de la democracia y de la superioridad del capitalismo sobre el socialismo.
En 1997 en nuestro país se produjo el levantamiento popular que derrocó al gobierno corrupto de Bucaram que pretendía llevar hasta el fin las políticas neoliberales: Fue una revuelta de las masas que tuvo como epicentro a Quito, pero que se desenvolvió en grandes magnitudes a lo largo y a lo ancho del país. Era un acontecimiento inusitado. Las protestas de los trabajadores, de los indígenas, de la juventud y de los sectores democráticos apuntaron inicialmente contra las medidas de reajuste económico, ordenadas por el Fondo Monetario Internacional, pero bien pronto se convirtieron en dardos que apuntaron al gobierno y exigían su salida. Las calles, las plazas, las carreteras y los campos fueron escenario de las masas enardecidas que alcanzaron a ver claro la necesidad de derrocar a Bucaram. Esa gesta tuvo el gran desenlace de la victoria popular.
Los analistas de “izquierda” y de derecha compararon los acontecimientos con la gran revuelta que en 1944 derrocará al gobierno de Arroyo del Río y lo celebraron, pero advirtieron que se trataban de sucesos aislados, extraordinarios, que volverían a ocurrir luego de cincuenta años.
A partir de febrero de 1997 en el Ecuador se produjeron, en distinta escala, pero en todo el país, importantes jornadas de lucha popular: huelgas obreras, acciones campesinas de cerrar vías, intermitentes y altas luchas de la juventud estudiantil, de los maestros, de los pobladores. El movimiento indígena alcanzó nuevas manifestaciones y magnitudes, se expresó en torno a sus demandas y problemas, pero también con relación a las cuestiones generales, a la política. En 1999 se desarrollaron grandes acciones populares que incidieron en la vida de todo el país, englobaron a millones de seres y pusieron a tambalear al régimen demócrata cristiano. El movimiento popular está desde entonces en ascenso.
El año 2000 se inició en el Ecuador con nuevas expresiones del movimiento popular: los trabajadores y campesinos, la juventud y los maestros, los indígenas realizaban acciones que se planteaban el cese de las funciones del Presidente de la República, del Congreso Nacional y de las Cortes de Justicia. El país estaba inmerso en la peor crisis económica desde hacía más de 70 años. El descrédito de la institucionalidad burguesa tenía grandes expresiones. En esas condiciones, aparecieron en escena nuevos actores, un grupo de Coroneles del Ejército que proclamaron su rebelión contra la corrupción y la ineptitud gubernamentales. Se rebelaron y junto con los indígenas proclamaron una Junta de Gobierno de Salvación Nacional.
Este acontecimiento constituyó una voz de orden. Mientras los complotados gestionaban con el Alto Mando Militar, las masas populares se lanzaron a la lucha en nuevos niveles, en todas las capitales de Provincia se constituyeron gobiernos provinciales y se tomaron los edificios institucionales, acciones similares se desarrollaban en buena parte de los municipios.
El movimiento popular que había luchado durante varias semanas en dos grandes vertientes lideradas, la una por el Frente Patriótico y la otra, por la Conaie, el día 21 de enero se confundió en un solo torrente, cumplió hazañas extraordinarias.
Las actitudes conciliadoras de la dirección de la Conaie propiciaron que se impusiera el mandato imperialista de la sucesión constitucional. La gesta terminó en la madrugada del día 22 con un reajuste de cuentas entre la burguesía.
El movimiento popular que había sido capaz de grandes acciones no tuvo la capacidad para continuar la lucha por sus objetivos, que los había planteado, en las asambleas populares, en el Congreso del Pueblo y en el Parlamento de los Pueblos del Ecuador.
Las masas populares tuvieron la osadía de pretender ser gobierno, avanzaron un tanto, pero no consiguieron su objetivo.
En el año 2000, en Filipinas las masas trabajadoras de la ciudad y el campo, la juventud protagonizaron un gran levantamiento que se oponía a los paquetazos dispuestos por el FMI, a la corrupción y exigían la salida del Presidente. Una vez más los pueblos mostraban su capacidad de combate, las perspectivas políticas de su lucha y alcanzaban una importante victoria, el derrocamiento del gobierno.
El 20 de Diciembre del 2001 en las calles de Buenos Aires grandes contingentes de hombres y mujeres combatían contra el impacto de la crisis económica que hizo estallar la convertibilidad; las fuerzas represivas se emplearon a fondo y reprimieron salvajemente dejando un saldo de varias decenas de muertos. Las masas pedían la salida del Presidente. Al atardecer del día 21, el Presidente De la Rúa renunciaba, cumpliendo las órdenes del Departamento de Estado de Estados Unidos.
La Argentina estaba inmersa en una gran crisis económica y venía acumulando torrentes de insatisfacción de las masas de obreros y campesinos, de los desempleados, de la juventud y los maestros, de los jubilados. Nuevas formas de lucha, los cortes de ruta, en las carreteras y las calles; nuevas formas de organización, los piqueteros y los comités de desempleados. La izquierda revolucionaria batallaba incesantemente y organizaba el argentinazo que al fin sucedió.
Millones de argentinos pobres, de la ciudad y el campo, irrumpieron en las vías y las calles, asediaron las instituciones y echaron abajo varios gobiernos en pocos días.
Las respuestas del imperialismo y los capitalistas argentinos frente al levantamiento popular no lograron amainarlo. Las huelgas, las movilizaciones, las tomas de supermercados y los alimentos, los sitios a los bancos y a las instituciones se suceden de manera intermitente. La lucha continúa y el desenlace final esta todavía por darse. De todas formas, los trabajadores y sus organizaciones políticas de izquierda están avanzando, creciendo cualitativamente.
Otras tantas manifestaciones de la lucha de las masas se vienen expresando en diversos países del mundo: En Paraguay los obreros y campesinos en grandes jornadas de lucha incidieron en el curso de la vida política del país; en Brasil el Movimiento de los Sin Tierra y otros sectores de los trabajadores se manifiestan en dura lucha contra la situación de miseria y en lucha por sus derechos, en Bolivia los indígenas y campesinos irrumpieron en las ciudades y han puesto a tambalear la institucionalidad burguesa. Sucesos de la misma naturaleza están ocurriendo en Costa Rica y en varios países asiáticos.
Una nueva oleada revolucionaria
Desde hace varios años venimos sosteniendo que la derrota de la revolución y el socialismo significó un gran revés para el proletariado y los pueblos, pero de ninguna manera, mostró la inviabilidad del socialismo y menos la supremacía del capitalismo.
Asimismo, hemos sostenido que el reflujo tocó fondo y que transitábamos por un proceso de reanimación del movimiento revolucionario de los trabajadores y los pueblos, que se convertiría en un ascenso de la lucha de las masas y ulteriormente en un nuevo auge revolucionario, en una nueva oleada revolucionaria. Ahora, frente a los acontecimientos afirmamos enfáticamente, que esa nueva oleada de la lucha revolucionaria se ha iniciado y que se desenvolverá de manera desigual en los distintos continentes y países y un día romperá nuevamente la cadena de la dominación imperialista, allí donde se presente el eslabón más débil y los trabajadores y los pueblos, los revolucionarios proletarios tengan la capacidad de conducir el torrente popular hacia la ruptura del sistema.
El imperialismo y el capitalismo están entrampados en la crisis, acosados por la lucha de los trabajadores y los pueblos.
La globalización y el neoliberalismo han debilitado al movimiento revolucionario de las masas, pero no pueden terminar con la resistencia y la lucha de los trabajadores y los pueblos, no pueden eliminar la libre concurrencia entre los monopolios y los países imperialistas. El “nuevo orden mundial” pregonado por los imperialistas norteamericanos, en estas condiciones, no se puede concretar.
El atentado terrorista del 11 de septiembre, se convirtió en una nueva condición para la pretensión de erigir la omnipotencia del imperialismo norteamericano. Prevalida del triunfo militar parcial que obtuvieran en Afganistán, la administración Bush, creyó llegada la hora de imponer por el consenso y por la fuerza su dominio absoluto.
La guerra imperialista y el terrorismo de Estado provocados por los Estados Unidos con un gran despliegue de armas y tecnología se elevaron a la categoría de omnipotentes. Ellos mismo se ufanaron de la victoria militar sobre el país más pobre de la tierra, aislado políticamente y mal armado. Ese triunfo ha llenado de euforia y de soberbia a los imperialistas norteamericanos y de temor e impotencia a los oportunistas y los débiles.
No fueron pocos los analistas que predijeron que las nuevas condiciones volvían muy difíciles las acciones de lucha contra el imperialismo e imposible la superación del capitalismo. Pregonaron la necesidad de humanizar el capitalismo, de oponerse a la globalización y al neoliberalismo desde posiciones democráticas. En fin, toda una suerte de malabares para ocultar su pesimismo en unos casos, y la militancia reaccionaria en otros.
Como que reverdecía el “nuevo orden internacional”, esta vez de mano de George Bush hijo.
El argentinazo tuvo la virtud de echar abajo el pesimismo y la impotencia. Desde el Sur las masas populares conmocionaban el tablero de la dominación imperialista.
El movimiento espontáneo o el movimiento revolucionario de las masas.
La lucha contra el imperialismo y el capitalismo registra los actores y las circunstancias que hemos descrito brevemente.
En el terreno de la teoría esa misma contienda registra confrontaciones no menos agudas y trascendentes. Un gran debate se desenvuelve entre los protagonistas y también entre los pontífices, entre los “analistas” y teóricos de los más diversos colores. Entre los revolucionarios, también se desarrolla la polémica, pero tiene otros contenidos y propósitos: el aprendizaje de las experiencias y lecciones y, la búsqueda de los mejores caminos para organizar y hacer la revolución.
Una cosa está clara. Estas grandes marejadas de la lucha popular involucran a millones de seres, conmueven al mundo del capital, despiertan grandes expectativas, se convierten en referentes para el estudio, en ejemplos para los trabajadores y los pueblos.
Una tesis recurrente señala a esos acontecimientos como un mentís al rol de los partidos políticos de la izquierda revolucionaria y de manera principal al partido comunista. Según esas ideas, los nuevos actores sociales, las masas indígenas en el caso del Ecuador, los desempleados en la situación Argentina, serían los protagonistas principales, para algunos, los únicos. Esos sectores sociales se rebelan contra la iniquidad social, en oposición a la corrupción y luchan por un mundo más digno, por el desarrollo sustentable, son opuestos al tutelaje partidista y de ninguna manera se plantean la dictadura del proletariado en reemplazo de la dictadura de la burguesía. Los panegiristas del expontáneismo arguyen que cuando el curso de la lucha no tiene la contaminación de las formaciones políticas de la izquierda, cuando no concurren las banderas, el movimiento crece, avanza incontenible. Según esos puntos de vista, nuevos tiempos concurren a la confrontación y el desenlace se daría en una confluencia de la “sociedad civil” que abrirá las puertas de un nuevo amanecer.
Nosotros pretendemos analizar estos acontecimientos en su desarrollo dialéctico: son extraordinarias expresiones de la organización y la lucha de las masas; son manifestaciones de la capacidad creadora de los trabajadores y los pueblos; destacan en su desenvolvimiento nuevas formas de lucha y de organización. Son la evidencia más clara de la agudización de la lucha de clases, de los combates de los trabajadores contra el capitalismo, de los pueblos contra el imperialismo. Son grandes gestas de los de abajo que conmueven al mundo del capital. Son, en cierta medida, consecuencia de la labor tenaz de los partidos y organizaciones de izquierda revolucionaria, de los comunistas en el camino de organizar y hacer la revolución.
El carácter espontáneo al que se alude como una de las cualidades de estos grandes movimientos, es relativo. Cierto que significativos contingentes de las masas de combatientes salen a las calles iracundos, hartos de la iniquidad, de la explotación y la pobreza y que su accionar es corajudo. Verdad también, que buena parte de los luchadores populares se involucran sobre la marcha de los acontecimientos, contagiados por el movimiento, convocados por las consignas y los llamamientos generales, por las oleadas de combatientes. De otro lado es también una realidad que en medio de esos combates está presentes distintas organizaciones políticas de la izquierda revolucionaria, el partido comunista y que, esa presencia va más allá de la militancia, involucra a la base social de la revolución, a las fuerzas propias de esas formaciones políticas. Están presentes también las distintas organizaciones y expresiones de la socialdemocracia y del oportunismo, inclusive voces, organizaciones y fuerzas burguesas que pretenden desviar el movimiento y aprovecharlo para zanjar sus disputas de grupo. Esto quiere decir que se trata de grandes movilizaciones en las que confluyen los revolucionarios y los demócratas, los patriotas y los rebeldes junto a importantes contingentes de masas que se oponen a la pobreza y la corrupción, a la tiranía y la represión.
Es claro que las grandes masas de combatientes callejeros, de rebeldes que se expresan en estos levantamientos no asumen la conciencia de echar abajo el mundo del capital y construir uno nuevo, con su protagonismo y mucho menos se proponen el socialismo como alternativa a la explotación y opresión capitalistas. Esta es la principal debilidad del movimiento, pero no es una fatalidad. Las condiciones para que los combatientes populares, las grandes masas asuman la conciencia revolucionaria están dadas: su situación material, su rebeldía, la existencia de una teoría revolucionaria probada, el marxismo leninismo, y de destacamentos organizados dispuestos a cumplir sus responsabilidades.
Esta circunstancia, el carácter relativamente espontáneo de estas luchas, desde nuestro punto de vista, en vez de constituir virtudes del movimiento de masas, expresa sus límites. Eso explicaría, entre otras cosas, él por qué estos levantamientos, a pesar de sus magnitudes, solo avanzan a derrumbar a los gobiernos, a los ministros y a algunas de las políticas neoliberales. Esto permite la capacidad de maniobra del imperialismo y las clases dominantes criollas para capear el vendaval, inclusive para aprovecharlo para enfrentar y a veces resolver sus contradicciones.
En Albania, la rebelión popular, a pesar de contar con contingentes armados, por carecer de una dirección unificada y con claridad de objetivos, echó abajo al gobierno, que fue reemplazado por el partido socialdemócrata que mantiene el mismo orden de cosas.
En Indonesia, la dictadura fue reemplazada por otro gobierno burgués, igualmente sirviente del imperailismno norteamericano y japonés. A pesar de que la lucha continúa, el sistema capitalista es una dura realidad.
En Filipinas se repite la historia, las masas solo consiguen echar al Presidente, y las cosas, continúan como siempre.
En el Ecuador se impusieron las órdenes de la Embajada Norteamericana y el movimiento popular no tuvo la capacidad de continuar la lucha en los mismos niveles y menos de elevarlos a nuevos estadios de la violencia revolucionaria.
En Argentina están muy claros los designios del imperialismo por sofocar las llamas de la rebelión de las masas propiciando reajustes políticos entre sus sirvientes.
Estos son los límites del movimiento que deben ser tomados en cuenta por los revolucionarios para superarlos. Esta situación no quiere decir, como aventuran algunos, que estos brotes insurrecciónales son funcionales, desfogues de la ira popular, catalizadores para reajustar y afirmar la globalización y el neoliberalismo.
Nosotros suscribimos los principios del materialismo dialéctico e histórico respecto de que las masas son las hacedoras de la historia, de que la liberación de los trabajadores, obra tiene que ser de ellos mismos; la máxima leninista de que sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario; la indispensabilidad de la existencia y el trabajao del partido revolucionario del proletariado.
La vida misma, la explotación y expoliación del imperialismo y el capitalismo, enseñan a los trabajadores y a los pueblos, los duros caminos de la subsistencia, pero es la teoría revolucionaria, el marxismo leninismo la que los dota de las armas y las herramientas para la organización y la lucha y sobre todo, para el derrocamiento del sistema y la conquista de la nueva sociedad.
Desde esta perspectiva los grandes levantamientos populares de los que estamos hablando se constituyen en grandes ensayos de la insurrección armada popular que derrocará el mundo el capital. Para que esa situación (la revolución) sea una realidad es necesario que las organizaciones revolucionarias, que el partido comunista marxista-leninista tengan presente que el proceso de acumulación de fuerzas que acerque las batallas finales de la revolución social debe contar con el estudio de estas grandes lecciones.
La globalización imperialista, la gran crisis que conmueve el sistema alimentan el descontento y la inconformidad de las masas trabajadoras, destacan a importantes contingentes de combatientes, constituyen un escenario para la labor de los revolucionarios, de los investigadores y estudiosos que quieren contribuir a la causa de la emancipación social y nacional, son el crisol que permitirán el crecimiento de las organizaciones de izquierda revolucionaria, el desarrollo de la conciencia de las masas.
Los revolucionarios debemos trabajar según las condiciones económicas, sociales y políticas de nuestros países, según el desarrollo de la situación y teniendo en cuenta los problemas concretos.
Una de las vías para la ruptura de la cadena del imperialismo es la transformación de estos levantamientos populares en insurrecciones armadas de las masas que puedan, en unos casos conquistar gobiernos provisionales revolucionarios y /o abrir el cauce de la guerra civil revolucionaria, o legitimar la guerra de guerrillas; en todo caso, dar lugar para nuevos estadios de la lucha revolucionaria.
No olvidemos que la guerra de guerrillas revolucionaria, la guerra popular es otro de los caminos de la conquista del poder y que no está anulada, que más bien demostró en el pasado su validez y vigencia llevando a la victoria a varios procesos y hoy en día, con la propuesta del socialismo, se desenvuelve en importantes niveles en Colombia, Nepal y Filipinas, en México y Perú.
Cualquiera de los caminos que tengamos que recorrer para echar abajo al imperialismo y sus sirvientes, los revolucionarios tenemos que tener claras nuestras tareas y responsabilidades: Tenemos que construir en medio de la confrontación económica, política e ideológica un movimiento revolucionario de las masas, unas fuerzas armadas populares y un aguerrido y audaz partido marxista-leninista. No debemos olvidar la tarea de descomponer las fuerzas represivas.
Nuestro análisis apunta a destacar estos extraordinarios acontecimientos, a unirlos a las diferentes formas y niveles como se desenvuelve la lucha de los trabajadores y los pueblos en contra del capital y el imperialismo para derrocarlos e implantar un mundo nuevo, la sociedad de los trabajadores, el socialismo. Por eso para nosotros OTRO MUNDO ES POSIBLE a condición de destruir el capitalismo y volver a emprender la marcha del socialismo, por eso nuestra tesis es SI ES POSIBLE CAMBIAR ESTE MUNDO.
Para los millones de seres que integran las masas trabajadoras está planteada la necesidad de terminar con la situación de oprobio y de miseria, para los sindicalistas está a la orden del día la tarea de luchar por la defensa de los derechos laborales y por la conquista de nuevos demandas, para el movimiento nacional es una necesidad vital defenderse de la ofensiva globalizadora del imperialismo y pasar a la iniciativa, para la juventud es perentorio empuñar las banderas de la libertad y la transformación social, para las masas campesinas es urgente la lucha por sus reivindicaciones: por la tierra y el agua, para las mujeres y los ecologistas se plantean nuevos retos en las batallas por la liberación social y nacional, para las formaciones políticas de izquierda y revolucionarias, para el partido marxista leninista, la nueva situación plantea desafíos a asumir.
Ecuador, marzo de 2002
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